martes, 14 de mayo de 2013

PESADILLA DIABÓLICA (Dan Curtis, 1976)


El creador de series escasamente conocidas para el gran público como "Dark Shadows" (de la que posteriormente Tim Burton realizó la floja "Sombras Tenebrosas", en homenaje a uno de los personajes que allí aparecían) o "The Night Stalker", nos presenta aquí un producto puramente propio: dirigido, producido y co-escrito por él mismo.

El resultado, como no podía ser menos viendo los trabajos ya mencionados, es una aburrida película sobre casas encantadas  No obstante, ciertos aspectos del planteamiento se vieron en obras posteriores mucho más conocidas, como "El Resplandor" o "Terror en Amytville", especialmente en lo que respecta a la influencia de la casa en el devenir del carácter y la personalidad de sus inquilinos. No se trata pues de un film de fantasmas y espectros, ni de ruidos nocturnos y muebles que se pasean por la habitación cuando nadie mira. Cierto es que hay cierto componente "poltergeist", pero básicamente el film trata del hundimiento psicológico que la morada provoca en una familia (un matrimonio, su hijo pequeño y la tía anciana del padre) que acude a pasar los meses de verano atraídos por el módico precio y por la amplitud de la mansión. Los dueños (Eileen Heckhart y Burguess Meredith, éste último premiado como actor en el Festival de Sitges de aquel año por sus papeles secundarios en esta cinta y en "La Centinela") les ponen una única condición: dejar tres veces al día una bandeja de comida en la puerta de la última habitación en la buhardilla de la casa, donde dicen vive recluida desde hace años la madre de ambos.


Hasta los últimos cinco minutos de metraje no se nos muestra al fin lo que hay detrás de esa puerta, y la verdad tampoco es que sea muy original. Pero hasta ese momento que uno espera desde el comienzo del film, uno ha tenido que soportar la actuación -y la mirada- imposible de Karen Black (en auge en aquella época por aparecer en éxitos como "El Gran Gatsby" y "La Trama", y, atención, premiada en el citado Festival de Sitges como "mejor actriz" por este film -cómo serían las otras candidatas...-), la cara de estreñimiento de Oliver Reed como único registro, y los cansinos alaridos de un niño gritón y cobardica.


Realmente poco pasa durante el dilatado metraje: unos recuerdos de niñez del padre en forma de visiones, el sofocón de la tia-abuela por un despiste que casi mata al niño (casi, una lástima), la obsesiva identificación de la madre con la casa y con la habitación abuhardillada, etc. Pequeñas cosas que sólo sugieren otras, pero nada queda claro ni debidamente hilvanado. A veces da la impresión de que la casa está volviendo malvado al padre, y acto seguido es la madre la que no quiere irse de allí ni con agua hirviendo; y van cambiando de parecer y de conducta de forma inexplicable. Para guinda del inane pastel le añadimos unas supuestas escenas inquietantes (muy escasas) que no provocan ningún resquemor, y unas interpretaciones muy pobres, de las que sólo salvamos a la mítica Bette Davis y sus retortijones sobre la cama.



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