EL VAMPIRO DE LA NOCHE (John Llewellyn Moxey, 1972)
Telefilm setentero a más no poder, adaptación de la novela de Jeff Rice, que en un principio se creo como una obra aislada para televisión, pero tal fue el éxito cosechado que dio a lugar a un segundo telefilm a modo de continuación (El estrangulador de la noche -1973-), e incluso a una serie posterior sobre la misma temática de 20 episodios (Kolchak, the night stalker -1974/75-).
El guión del prolífico Richard Matheson nos cuenta la historia de Karl Kolchak (un cargante Darren McGavin), un periodista entrado en años, listillo, algo chulesco y capaz de luchar contra quien sea por una exclusiva. Se enfrenta a la noticia de una serie de asesinatos en Las Vegas donde todas las víctimas son mujeres jóvenes, y aparecen con mordiscos en el cuello y desprovistas de sangre en el cuerpo. Todo apunta a la actuación de un criminal que se cree un vampiro, o tal vez a un vampiro de verdad...
El producto adolece de la orientación marcadamente televisiva, lo cual le resta muchos puntos. La estructura de la trama, la puesta en escena, las pausas entre secuencias para insertar los anuncios, la música, la duración...; todo está ideado con el ADN de la televisión en la cabeza. Todo resulta pues en una creación meramente entretenida, sin profundización alguna en el argumento ni en los personajes, ya que todos los que aparecen apenas tienen historia salvo el propio Kolchak. Ni el jefe gruñón del periódico (Simon Oakland, a quien se recordará por un papel secundario en Psicosis), ni los ayudantes que busca el protagonista, ni el jefe de policía o federales, ni la pareja de Kolchak (una Carol Lynely que, dicho sea de paso, podría pasar perfectamente por su hija); ninguno conecta con la historia ni con el espectador. Da la sensación de ser (lo que en realidad acabó siendo, no premeditadamente) una especie de "episodio piloto" de presentación de personajes de una serie posterior.
El componente sobrenatural de la historia está metido con calzador, y la creación del vampiro encarnada por Barry Atwater pretende ser aterradora pero no lo consigue salvo en alguna que otra mirada que lanza a cámara. Las escenas de acción que se suceden, como los enfrentamientos del vampiro con la policía (de lo más torpe que se puede imaginar) o la lucha en la mansión cuerpo a cuerpo, da nueva muestra del estilo cutre televisivo de la época, provocando hasta cierta pena por lo que pudo haber sido con un poco más de presupuesto y ganas de hacer un producto único y no una preparatoria para futuros episodios.
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