Adaptación más o menos respetuosa del clásico relato de vampiras "Carmilla", de Joseph Sheridan Le Fanu, que resulta fiel al contenido aún con licencias y plasma el espíritu altamente sensual y rompedor habida cuenta de la época en que fue escrito (1872).
La historia gira en torno a una cautivadora mujer-vampira (arrebatadora y explosiva Ingrid Pitt, en un futuro encasillada en papeles de demonio sensual), especialista en seducir jovencitas de buen ver, hipnotizarlas bajo su hechizo y extraerles hasta la última gota de sangre a base de chupetones en sus pechos (y es que el destape de los años 70 había que excusarlo de alguna manera). Aunque así leído parezca el argumento de una película erótica de tres al cuarto, no lo es. Se trata de un film entretenido, con los clásicos componentes de la productora Hammer (mansiones, camisones, corsés, carromatos, neblinas, pañuelos al cuello, pasillos oscuros, generosos escotes, candelabros, quejidos nocturnos, etc.), a pesar de resultar un poco repetitivo el planteamiento de las dos familias a las que Carmilla-Marcilla-Mircalla (tres nombres para un mismo personaje) acude de un modo u otro para trajinarse a la joven de la familia.
Como se ha dicho, el relato original rebosa erotismo, el cual queda reflejado en la pantalla incluyendo desnudos (alguno íntegro aunque en penumbra), pechos al aire y demás escarceos y magreos lésbicos, sin llegar al exceso grosero y de mal gusto.
El argumento se sigue con interés a pesar de la repetición esquemática citada y la resolución torticera de las escenas de acción, que no superan el paso del tiempo. El devenir de la vampiresa en la segunda casa se topa con ciertos inconvenientes que enriquecen la historia y devienen en un desenlace inevitable en las películas de vampiros. Un desenlace en el que interviene Peter Cushing, que durante el resto de la película sólo aparece de forma testimonial, imaginamos que en una estrategia comercial para darle cierto parangón publicitario a la película.

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